EL CAMINO ESPAÑOL. LA ARTERIA INVISIBLE DE UN IMPERIO.
Durante más de sesenta años el Imperio Español dependió de la viabilidad de una ruta que, curiosamente no aparecía en los mapas.
Sobrevivió todo ese tiempo porque fue sostenido por algo más que ejércitos: organización y políticas eficientes, además de los recursos necesarios que, unidos a la veteranía y arrojo de sus hombres, hizo el resto. La logística fue una de las grandes fortalezas claves del Imperio, pero también uno de sus mayores costos.
Por esa arteria invisible, origen de una necesidad imperial, se sostuvo la hegemonía de la Monarquía Hispánica en Europa.
A esa red, viva y cambiante, la historia la conoce como Camino Español. Una vía eficacísima formada por una sucesión ininterrumpida de pasos alpinos, valles angostos y ciudades amuralladas.
Para mantenerlo permeable, se desplegó una actividad intensa que procuraba acuerdos, sellados algunas veces con oro, y otras con amenazas.
Por ahí marcharon, desde soldados anónimos a nobles ambiciosos y, cómo no, correos oficiales, fundamentales para poder sostener todo el edificio del poder español en Europa. Así durante más de medio siglo. Ocurría mientras Europa era escenario de guerras de religión y ambiciones dinásticas.
A mediados del siglo XVI, la Monarquía Hispánica era poderosa y al mismo tiempo frágil. Las distancias entre sus dominios entorpecían el abastecimiento, movimiento de tropas y mandos, al extenderse desde Castilla a Milán y desde Nápoles a Bruselas.
Entre estos dominios territoriales se interponían montañas, mares peligrosos y reinos poco fiables.
Tras la Rebelión de los Países Bajos, iniciada en 1568, esa fragilidad se puso claramente de manifiesto: enviar tropas de auxilio por mar, desde España, era lento y arriesgado, convirtiéndose cada travesía en una verdadera pesadilla. Muchas de ellas podían acabar en naufragio o en manos de corsarios ingleses y holandeses.
Por tal motivo era urgente y perentorio poder mover tropas de unos territorios a otros con seguridad y cierta rapidez. La solución fue tan audaz como inevitable: había que unir Italia con los Países Bajos por tierra.
El Ducado de Milán, joya estratégica del imperio desde 1535, se convirtió en el punto de partida. En 1567, el duque de Alba inició la primera gran marcha desde Milán hasta Bruselas.
No solo trasladó un ejército: inauguró una forma nueva de hacer la guerra. Su recorrido clásico enlazaba: Milán – Valtelina – Tirol – Suabia – Lorena – Luxemburgo y Bruselas.
Por él avanzaban los soldados de los tercios endurecidos por campañas interminables, en columnas ordenadas, con estandartes desplegados que recordaban a todos —aliados y enemigos— quién mandaba.
Los capitanes aposentadores negociaban alojamientos; los corregidores locales calculaban cuántos hombres podían alimentar y los banqueros genoveses abrían líneas de crédito para mantener en movimiento miles de soldados.
Entre ellos viajaban personajes secundarios pero imprescindibles: el comisario de víveres que evitaba el hambre; el correo imperial que cruzaba montañas nevadas con órdenes selladas; los ingenieros militares que reconocían y habilitaban pasos alpinos y construían puentes para cruzar ríos.
Soldados veteranos con sus esposas e hijos, sobre todo de los asentados durante años en Italia o Flandes; viudas, que tenían derecho a permanecer en la misma unidad a la que pertenecieron sus maridos; recibían raciones y estaban bajo jurisdicción militar, se encargaban del lavado y arreglo de la ropa, cocina, y auxiliaban a los cirujanos-barberos en el cuidado de heridos; capellanes que, además de su función religiosa, asistían a moribundos y enfermos; y un número indeterminado de prostitutas que acompañaban o esperaban en puntos clave.
Con el paso de los años, los enemigos de España comprendieron una verdad fundamental: romper el Camino Español era más eficaz que ganar una gran batalla.
No hacía falta tomar Madrid ni conquistar Sevilla. Bastaba con cerrar un valle, sublevar un principado o derrotar un ejército en el lugar preciso. Por ese motivo se variaba muchas veces su ruta, dependiendo de pactos y alianzas, pero siempre permaneció útil.
Y, aunque por su control y dominio del mismo hubo batallas importantes: Jemmingen, defensa de Saboya y Piamonte, Wimpfen, etc., quizás fueron tres los momentos más decisivos:
El primero, importantísimo, porque fue la inauguración, exploración y habilitación del mismo por el Duque de Alba, demostrando que el corredor era viable y estableciendo el modelo logístico.
Los otros dos fueron: la batalla por la Valtelina y Nördlingen.
La Valtelina es una zona vitivinícola en la frontera entre Italia y Suiza en los Alpes Orientales, se ocupó desde 1620 - 1626, llamado en su momento: cuello alpino del Camino. Más que una batalla puntual, la Valtelina fue uno de los escenarios más críticos porque conectaba Milán con el Tirol, es decir, Italia con el corazón del Sacro Imperio.
Si se perdía ese valle alpino, el Camino quedaba cortado en su origen. Hubo rebeliones locales apoyadas por potencias protestantes y la intervención francesa encubierta, a las que España respondió militarmente.
La Valtelina no se “ganó” en una sola jornada gloriosa, sino en una campaña dura, fragmentada y estratégica, donde los tercios españoles demostraron su mejor virtud: resistir, ocupar y dominar el terreno clave durante años.
El detonante fue una revuelta católica local contra el dominio protestante de los Tres Cantones Grisones. España aprovechó la ocasión con rapidez estratégica: no como potencia ocupante declarada, sino como protectora del paso alpino.
Desde Milán, el gobernador español envió tropas con una misión clara: ocupar los puntos clave del valle antes de que Francia pudiera reaccionar.
Entraron una vez más en escena los tercios, que ya poseían gran experiencia en guerra de montaña. Desplegados en la Valtelina no combatieron en grandes batallas campales. Su guerra fue más difícil y más moderna.
Lo primero que hicieron fue ocupar inmediatamente los puntos críticos: puentes, gargantas, pasos elevados, pequeñas fortalezas y pueblos amurallados. Cada posición tomada no se abandonaba. Se fortificaba, se guarnecía y se enlazaba con la siguiente.
La estrategia era clara: defensa en profundidad del amplio teatro de operaciones, con la intención de convertir el valle en una cadena ininterrumpida de posiciones inexpugnables. España defendió la Valtelina como si fuera una fortaleza lineal en la que se libraron combates constantes, asedios y escaramuzas.
Francia respondió con incursiones rápidas, animando sublevaciones locales y combinando la presión diplomática con acciones militares. Sin embargo, los tercios respondieron con su experiencia: cuadros disciplinados defensivos, uso inteligente del terreno, y fuego continuo de los arcabuceros desde posiciones elevadas. Algo en lo que eran especialistas.
En un valle estrecho, donde el enemigo no podía maniobrar, la infantería española compuesta fundamentalmente por veteranos del Milanesado y de Flandes, fue letal.
Para defender algunos pasos eran suficientes treinta arcabuceros que ocupaban una ladera protegidos por rocas, troncos y cualquier accidente del terreno que sirviera. Más abajo se clavaban las picas en la nieve endurecida, con sus moharras bien afiladas, orientadas hacia el enemigo, formando una barrera imposible de rodear.
La ventaja fundamental era que los espacios para maniobrar eran muy pequeños. Los arcabuceros disparaban por turnos, con una calma que solo da la costumbre. Cada descarga era seguida por el avance de los piqueros, que descendían un paso, solo uno, para rematar cualquier intento de ruptura.
Y, nunca, jamás, en la montaña, se iniciaba la persecución de las tropas enemigas desorganizadas en el curso del combate.
Así, mientras aquel paso siguiera en manos de los tercios, el Camino Español seguiría abierto. No importaba que nadie contara la victoria. No importaba que no hubiera cronistas. En aquel estrechamiento de roca, nieve y pólvora, se había ganado algo más que un combate: se había ganado tiempo. Y en aquella guerra, el tiempo era el Imperio.
Pero la verdadera y auténtica victoria de la Valtelina fue resistir durante seis años: desde 1620 al 1626 y hasta la firma del tratado de Monzón, entre España y Francia.
Se sostuvo el punto exacto donde todo el imperio podía quebrarse, y donde los soldados tuvieron que soportar inviernos extremos en posiciones aisladas durante muchos meses. Fue vital, para que la población local no estuviera en su contra, evitar a toda costa los saqueos y excesos, castigando cualquier atisbo de abusos.
Pasado ya un tiempo y con ese paso asegurado, durante la década de 1630 y en la Guerra de los Treinta Años, el Imperio se enfrentó al ejército sueco que había ganado todas las batallas en el sur de Alemania.
Suecia, potencia emergente y ambiciosa, amenazaba directamente el corazón del Camino pues desde el inicio de sus incursiones en Europa, había encadenado victoria tras victoria.
Les precedía fama de invencibles, su infantería era rápida, flexible y muy eficaz. Sus generales aplicaban nuevas tácticas que habían desbordado a muchos ejércitos. Algunos llegaron al convencimiento de que los viejos tercios españoles, famosos en el siglo anterior, ya no podrían competir con esa forma moderna de hacer la guerra.
El propósito de los suecos estaba claro: si querían disputar la hegemonía española en Europa, sólo lo lograrían interrumpiendo el flujo de tropas imperiales al resto de sus territorios. A tal fin, cortar el paso por Suabia y el Alto Danubio, bisagra entre Italia y Flandes, se convirtió en objetivo estratégico fundamental.
LA DECISIVA BATALLA DE NÖRDLINGEN, 1634.
Enterados de los propósitos de los suecos, el 6 de septiembre de 1634, cerca de Nördlingen, los tercios españoles les plantaron cara.
En el bando hispano-imperial el Cardenal-Infante Fernando, príncipe, general y símbolo del poder de los Austrias con veteranos procedentes de Italia y Flandes, soldados y capitanes curtidísimos en décadas de guerras europeas.
Los mismos que protagonizaron una de las gestas militares más impresionantes de su historia. En la batalla de Nördlingen, el ejército de la Monarquía Hispánica derrotó de forma aplastante a las tropas suecas, consideradas hasta entonces las mejores de Europa.
Aquella victoria no solo se ganó con pólvora y acero: se hizo con disciplina, resistencia y coraje.
Aquello no era una batalla más. Era una lucha por la supervivencia del sistema entero. Si caía Suabia, el Camino se rompería y Flandes quedaría aislado. En la conciencia y en el ánimo de cada soldado, con su arcabuz al hombro, estaba presente la responsabilidad de que defendía algo más que una victoria. Defendía el derecho a seguir marchando, a seguir recibiendo refuerzos, y a que el Imperio no se partiera en dos.
Los tercios se atrincheraron en la colina de Albuch, al sur de la ciudad, un punto elevado que dominaba todo el campo de batalla, levantando parapetos y preparados para resistir.
Y resistieron.
Durante los días 5 y 6 de septiembre, los suecos lanzaron ataque tras ataque y desplegaron toda su potencia de fuego artillero. Los españoles resistieron las andanadas incesantes sin romper las formaciones de sus típicos y eficientes cuadros cerrados.
Una vez cesado el bombardeo, se lanzaron en tromba al ataque y... se estrellaron contra la muralla humana formada por los tercios. Mosquetes disparando a quemarropa, picas firmes, capitanes manteniendo el orden y la moral en medio del humo y del caos. No se cedió un solo palmo.
Se replegaban cuando era necesario, y volvían a cerrar filas con una disciplina que asombró incluso a sus aliados imperiales.
Cada asalto sueco terminaba con el terreno cubierto de cadáveres y heridos. Su empeño fracasó y les agotó por completo. Fue entonces cuando llegó el contraataque de la caballería Imperial.
La masacre fue enorme, la pérdida de vidas y material de guerra fue indescriptible y el resultado demoledor: miles de bajas, el general sueco Gustav Horn hecho prisionero, y el prestigio de su ejército destruido por completo en solo dos días. Los tercios habían demostrado que seguían siendo una fuerza temible, capaz de derrotar al mejor ejército de Europa en combate directo.
La victoria cambió Europa y tuvo sus consecuencias. Al perder Suecia el dominio en el sur de Alemania, muchos príncipes protestantes, que se les habían unido, abandonaron su causa.
España aseguró sus comunicaciones y recuperó su influencia en el corazón del continente. Nördlingen fue uno de los grandes triunfos de los tercios en una batalla decisiva. No fue una victoria rápida ni brillante, sino una victoria de resistencia, ganada metro a metro, bajo fuego constante.
En aquellas colinas alemanas quedó grabada una lección simple y brutal: mientras otros ejércitos confiaban en la innovación y la velocidad, los tercios confiaron en algo más antiguo y más sólido: mantener la línea y no retroceder.
Y funcionó.
FINAL.
A partir de la década de 1630, Francia cerró el cerco, Lorena perdió su independencia y la guerra se volvió total. Ya no era viable. Sin él, el esfuerzo militar en Flandes se volvió insostenible y la hegemonía española comenzó su lento declive.
El Camino Español fue una epopeya sin poemas ni cantares. Una gesta hecha de marchas interminables por caminos cambiantes, pactos frágiles y batallas decisivas como Nördlingen. Su historia demuestra que los imperios no se sostienen solo con grandes victorias, sino con la capacidad de mantener abiertos los caminos que los mantienen vivos.
De uno de los últimos soldados que lo transitaron no sabemos su nombre. Tal vez se llamara Martín, Santiago o Miguel.
Su acento podía haber sido vasco, gallego, castellano, andaluz ... italiano, o de cualquier valle suizo, porque de todos estos lugares procedían los que combatían con arrojo bajo la misma bandera Imperial.
Era uno más entre tantos que habían aprendido a medir el mundo por jornadas de marcha y no por mapas. Cuando emprendió el Camino desde Milán hacia el norte, ya corrían rumores de que nada volvería a ser como antes.
Atravesó los Alpes en silencio, siguiendo sendas que otros habían abierto décadas atrás. En las ventas ya no colgaban estandartes imperiales, y los posaderos preguntaban poco.
El Camino seguía allí, pero algo había cambiado: faltaban convoyes, faltaban capitanes, faltaba la seguridad de otros tiempos. En Suabia, los campos aún mostraban cicatrices recientes. En Lorena, los acuerdos eran provisionales y las miradas desconfiadas.
Aquel soldado comprendió, sin que nadie se lo dijera, que ya no marchaba por una arteria viva, sino por los restos de una gloria que se apagaba.
Al llegar a los Países Bajos, dejó atrás más que kilómetros.
Había recorrido el Camino Español que ya no era un sistema, sino un recuerdo sostenido por la costumbre y la inercia. Fue, quizá, el último en hacerlo de principio a fin. Cuando dejó el arcabuz y colgó la espada, el Imperio seguía existiendo, pero el Camino había muerto. Nadie lo anunció oficialmente. Simplemente dejó de recorrerse.
Y así terminó la historia de una ruta que no fue de piedra ni de polvo, sino de voluntad, pólvora, valor y decisiones heroicas las más de las veces, pues mientras hubo hombres dispuestos a recorrerlo, el Imperio se mantuvo unido.
Ésta ha sido su historia, a grandes rasgos, de cómo se creó, cómo se defendió con sangre en muchas batallas, y cómo murió, sin testigos, cuando el último soldado lo recorrió sin saber que estaba cerrando una era.




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Julio C Rivera